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Nuestra realidad

En nuestra sociedad, al igual que en el resto de las sociedades, uno de los fenómenos que mayores cambios necesitan, es la igualdad entre mujeres y hombres. Últimamente, la mayor incorporación de la mujer al mercado laboral, con la independencia económica que ello supone, ésta sufriendo importantes cambios. No obstante, la desigualdad entre mujeres y hombres sigue latente.
Los datos sobre empleo y desempleo, corresponsabilidad en las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, nos demuestran que la igualdad de derecho no ha traído la igualdad de hecho. Se continúan generando pautas de comportamiento, roles y sistemas de valores de mujeres y hombres, que impiden la igualdad de oportunidades y el pleno desarrollo de la persona, independientemente de su sexo.
Es necesario estimular la corresponsabilidad entre mujeres y hombres, en las actividades del hogar, haciendo posible que ambos compartan las mismas funciones y responsabilidades.
Hablar de mujeres con discapacidad es hablar de una doble discriminación, que viene determinada por su condición de persona con discapacidad y por su género.

 

Los roles tradicionales de madre y esposa han relegado a la mujer a construir su subjetividad sobre estos patrones. Estos estereotipos han supuesto un obstáculo aún mayor para las mujeres con discapacidad a la hora de identificarse incluso como madres y esposas.
Las mujeres con discapacidad pueden y deben participar en la sociedad. Pueden y deben ser mujeres plenas, trabajadoras y preparadas para vivir en pareja y para la maternidad. Esto solo va a ser posible, si se reconocen, poniendo en practica, los derechos de las mujeres. Si entre todos creamos una sociedad plural.
Muchas personas, quieren o necesitan pensar que, esta discriminación es algo anterior a la época actual, cuestión que no se acerca a la realidad, pues esta es más sobrecogedora al sumarse a la discriminación que por el hecho de ser mujer, sufren muchas mujeres, la derivada de su discapacidad, de la que también participan los hombres.
La discapacidad no puede ni debe ser un obstáculo para que las mujeres tengan una vida de calidad.
Una condición “sine qua non” para alcanzar la igualdad de oportunidades es una buena formación. Las mujeres y niñas deben disfrutar de pleno acceso a la educación y a la formación a lo largo de toda su vida. Las instalaciones educativas deben ser accesibles físicamente y contar con materiales alternativos.
El empleo forma parte del proceso de independencia económica, autoestima y reconocimiento social y las mujeres con discapacidad tienen derecho a ello.
El hecho de ser mujer y discapacitada te enfrenta a una serie de estereotipos, prejuicios y contravalores:
- Un modelo físico determinado de mujer
- El papel de la mujer en la familia: cuidado de los hijos y trabajos domésticos.
- El hecho de no ser consideradas mujeres con sexo por el hecho de ser “disminuidas”.
- El derecho a ser madre.
La discapacidad de la mujer no debe ser un obstáculo para que las mujeres tengan una vida de calidad rica en experiencias personales.
Se deben superar las barreras mentales.
Una mujer que se le levanta muy temprano, que realiza todas las actividades de la vida diaria con autosuficiencia, que atiende su casa y cuida de sus hijos (en el caso de que los tenga), que en su entorno de trabajo hace las mismas horas laborables que cualquier compañero, y que para ser considerada como una trabajadora de rendimiento normal ha de ser casi perfecta, a pesar de que los otros también se equivocan, jamás y bajo ningún concepto debería ser infravalorada. Y ese es el caso de la mayoría de las mujeres con discapacidad incorporadas al mundo laboral, tras una fuerte lucha

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